MUJERES Y PODER: LA OPORTUNIDAD DE UNA NUEVA FORMA DE GOBERNAR

Por: Equipo Editorial - Tutela Digital

 

San Andrés atraviesa uno de los momentos políticos más complejos de su historia reciente. Y, paradójicamente, también uno de los más simbólicos. En medio de años de crisis institucional, suspensiones, condenas, anulaciones electorales y una profunda sensación colectiva de abandono, hoy las mujeres ocupan el centro del escenario político local. Y aunque ninguna transformación está garantizada únicamente por el género, quizás este sea el momento de conocer una nueva forma de gobernar.

Por primera vez en mucho tiempo, las figuras políticas con mayor visibilidad, capacidad de incidencia y proyección pública en el archipiélago son mujeres. La representante a la Cámara Elizabeth Jay-Pang continúa siendo una de las voces más influyentes de la política isleña; Vilma Jay López asume como gobernadora encargada en medio de una compleja transición institucional; Girley Ordóñez aparece como la candidata con mayor opción en las elecciones atípicas convocadas para julio; y alrededor de este nuevo panorama sobresalen también voces como las de la diputada de oposición Marcela Sjogreen y la candidata a la Gobernación Carolina Puas.

Ese hecho merece ser reconocido.

Merece ser celebrado.

Porque durante décadas la política ha sido diseñada, narrada y ejercida desde estructuras profundamente masculinizadas, donde el poder muchas veces se confundió con confrontación, distancia, imposición y privilegio. Y en una isla golpeada por la inestabilidad política, la corrupción y la desconfianza institucional, resulta inevitable preguntarse si el ascenso de mujeres al escenario central puede abrir la posibilidad de otro tipo de liderazgo.

Pero aquí es importante decir algo con honestidad: el verdadero reto no es elegir una mujer.

El verdadero reto es transformar la manera en que entendemos y ejercemos el poder.

Hace poco leía a la antropóloga Rita Segato decir que el patriarcado “es el aire que respiramos”. Y creo que esa reflexión también puede aplicarse a nuestras estructuras políticas. Porque el problema de San Andrés no ha sido solamente quién gobierna, sino la forma en que históricamente se ha gobernado: una política construida desde la desconexión con la ciudadanía, desde la lógica de grupos cerrados de poder, desde prácticas que terminaron debilitando la confianza pública y normalizando el fracaso institucional.

Por eso muchas personas sienten hoy algo más profundo que indignación. Sienten cansancio. Un cansancio social que nace de ver cómo una isla con enormes recursos, con un potencial turístico privilegiado y con una riqueza cultural extraordinaria continúa atrapada en ciclos repetidos de crisis política y baja gobernabilidad.

Ese cansancio se traduce en desconfianza institucional. En la sensación de que nada funciona. De que los problemas estructurales nunca se resuelven. De que las necesidades reales de la gente quedan relegadas frente a las ambiciones del poder.

Y precisamente por eso este momento político genera tantas expectativas.

No porque las mujeres sean salvadoras morales ni porque exista una superioridad ética automática asociada al género. No. Ser mujer no garantiza independencia, transparencia ni transformación. El cuerpo, por sí solo, no basta. También las mujeres pueden terminar atrapadas por las mismas estructuras tradicionales, rodeadas por los mismos intereses y absorbidas por las mismas prácticas políticas que durante años han debilitado nuestras instituciones.

Ese es el verdadero peligro: que el sistema termine reproduciéndose a sí mismo, aunque cambien los rostros.

Sin embargo, aun reconociendo ese riesgo, creo que muchas personas conservan una esperanza silenciosa: la posibilidad de que emerja una manera distinta de gobernar. Una forma más cercana a la ciudadanía. Más consciente del cuidado institucional. Más abierta al diálogo. Menos concentrada en la confrontación política permanente y más enfocada en construir visión colectiva.

Porque gobernar no puede seguir siendo administrar cuotas de poder mientras la ciudadanía sobrevive entre la inseguridad, la falta de oportunidades y la frustración social. Gobernar debería significar escuchar. Construir confianza. Entender que las necesidades de la gente son mucho más grandes que la avaricia, la ambición y las mieles del poder.

Tal vez esa sea la verdadera discusión que San Andrés necesita dar en este momento histórico.

No si debe gobernar un hombre o una mujer. Sino qué tipo de liderazgo necesita una sociedad agotada de sobrevivir políticamente.

Y quizás ahí esté la oportunidad más importante de todas: comprender que la transformación profunda que necesita el archipiélago no depende solamente de nuevas elecciones ni de nuevos nombres, sino de una nueva relación entre ciudadanía y poder.

Porque el verdadero reto no es elegir una mujer.

El verdadero reto es decidir si estamos dispuestos, por fin, a cambiar la manera en que queremos ser gobernados.

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