Las Caricaturas de 1.000 Millones de Pesos

Las esculturas del Tropical Park en San Andrés, presentadas como homenaje a la cultura raizal, abren un debate necesario sobre representación, estética y responsabilidad institucional.

En enero de 2023, el gobernador Everth Hawkins Sjogreen se paró frente a las cámaras y celebró el inicio de la obra sobre la carrera 13 como un “acto histórico”. Con orgullo, anunció que se había logrado destrabar una antigua demanda, permitiendo que por fin el proyecto viera la luz. Cientos de familias se ilusionaron. ¿El resultado dos años después? Más inundaciones, calles intransitables y la misma incertidumbre de siempre. ¿Hasta cuándo?

La cultura, nuevamente usada como excusa

En octubre de 2024, la Gobernación firmó un contrato de prestación de servicios artísticos con el escultor Mario Fernando Hoyos Londoño para la elaboración de 11 esculturas de gran formato, bajo el objeto de “preservar y visibilizar la cultura raizal.” El valor: \$1.000.000.000 COP. El sitio: Tropical Park, un predio de más de 28.000 m² en Sarie Bay. El plazo: tres meses.

Sin embargo, el contrato ha sido modificado en múltiples ocasiones, con prórrogas hasta junio de 2025, conforme se acordó en el acuerdo modificatorio No. 3 del contrato N° CD-SGE- 2782 DE 2024 / CO1.PCCNT.6921753. La razón inicial fue el clima; la razón estructural, menos evidente: una cadena de decisiones administrativas que eluden el rigor técnico, la supervisión especializada y la inclusión real de la comunidad cultural del archipiélago.

El arte, ¿no requiere expertos?

Un punto crítico en esta historia es la modificación de la cláusula de interventoría. Según la Gobernación, no se requería vigilancia técnica especializada porque, textualmente, “el alcance de las actividades a ejecutar no corresponde a obras, o no se requiere un conocimiento especializado para vigilarlo.”

La escultura como disciplina —con sus métodos, técnicas, composición y simbología— fue así reducida a una actividad sin complejidad, vigilada no por expertos, sino por supervisores internos designados desde la Secretaría de Cultura. Una decisión que desconoce el valor técnico del arte y reduce el patrimonio cultural a objeto decorativo.

Representar o deformar: ese es el dilema

Las esculturas instaladas en el parque carecen de proporciones anatómicas coherentes, profundidad simbólica o acabado artístico digno. No evocan la historia, estética ni espiritualidad del pueblo raizal. Son figuras planas, simplificadas, e incluso ridículas. Lejos de enaltecer, banalizan.

En palabras del mismo contrato, estas obras debían promover el reconocimiento de la cultura raizal “a nivel local, nacional e internacional.” Pero ¿qué imagen se transmite al visitante que ve una escultura de un niño corriendo con una bonga kiar deformada, o una Big Mama con manos sin forma?

La voz silenciada de los artistas

Varios artistas raizales consultados por este medio expresaron, bajo reserva, su incomodidad con el proyecto. No fueron convocados, no conocieron los diseños, y han preferido no pronunciarse públicamente por temor a represalias contractuales.

“Eso no es arte, es utilería institucional,” dice uno de ellos. “Nos duele ver la cultura representada sin alma, sin técnica, sin comunidad,” añade otro. En una isla donde la identidad se defiende todos los días frente al turismo masivo, el centralismo y el olvido, estas esculturas no representan. Usurpan.

¿Quién vigila a los vigilantes?

La decisión de eliminar la interventoría técnica, amparada en una interpretación administrativa, deja una pregunta abierta: ¿Puede la entidad contratante ejercer control sobre una ejecución artística sin conocimientos especializados ni criterios técnicos?

La respuesta parece evidente. Y sin embargo, se eligió la vía más conveniente: modificar el contrato y designar una supervisión interna. Una supervisión que viene aprobando la presentación absurda de estas figuras de concreto sin que medie un juicio artístico independiente, ni una evaluación estética o simbólica.

Un patrón institucional

No es la primera vez que la cultura raizal es utilizada como telón de fondo para justificar millonarias inversiones. Tampoco es la primera vez que un proyecto cultural se concreta sin comunidad. Pero sí es la primera vez que la distorsión es tan visible, tan literal, tan concreta.

Una cosa es discutir sobre si el arte debe ser figurativo, abstracto, político o lúdico. Otra muy distinta es aceptar que figuras rígidas, mal proporcionadas y vacías de contexto puedan representar a una cultura viva, compleja, y profundamente simbólica.

El silencio también es escultura

En San Andrés, Isla, las esculturas ya están allí. Inmóviles, sin alma, sin narrativa. Pero el verdadero monumento no es de cemento: es el silencio que envuelve a quienes debieron exigir rigor, consulta y respeto. Un silencio institucional que permite que la cultura se convierta en pretexto, el arte en trámite, y la representación en caricatura.